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Reflexión
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Derrota de los débiles, condición de paz
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2021-09-12
Por Farit Rojas T.

Pacificar supone establecer la paz en los lugares y tiempos en los que antes habitaba la guerra.

La paz, entonces, supone un orden social deseado por las estructuras de poder que suceden a la guerra; por ello, como señalan Chantal Mouffe y Ernesto Laclau en el libro clásico Hegemonía y Estrategia socialista, “el orden social no puede ser concebido como un principio subyacente”, es decir no hay un origen en el que todo hubiera sido paz. La paz (y el orden social y político establecido) es algo que “sucede” y no así algo que “precede” a una situación de enfrentamiento.

Photo:Daniele Levis Pelusi

Una explicación detallada sobre este tema la llevó a cabo el filósofo francés Michel Foucault en su curso de 1976 llamado Defender la sociedad. En la primera lección Foucault llama a invertir el aforismo de Clausewitz (la guerra es la continuación de la política) y señalar que “la política es la continuación de la guerra por otros medios”. Dicho de otro modo: la guerra no culmina, continúa con el uso de una serie de mecanismos y formas de dominación institucionalizadas.

En este sentido, las relaciones de poder que pacifican tienen esencialmente por punto de anclaje una cierta relación de fuerza establecida en un momento dado, históricamente identificable en la guerra y por la guerra. Y la mantención de la paz supone simplemente un ejercicio de mantenimiento y prórroga de las relaciones de poder establecidas y concebidas en la guerra y por el enfrentamiento a través de distintos medios, generalmente institucionales de garantía del orden y de la soberanía. Podríamos decir que se instituyen procedimientos jurídicos para esta pacificación.

No es casual que el origen etimológico de paz no sea otro que pax entendido como acuerdo, pacto o tratado de armisticio, es decir aquello que sucede a la guerra. Por ello la denominada pax romana (situada entre el 27 a.C. y el 180 d.C.) fue el uso de la fuerza para “pacificar” las distintas provincias romanas frente a las vencidas fuerzas de resistencia.

Resulta interesante que, para Thomas Hobbes, en su libro clásico titulado Leviatán, lo único que puede detener la guerra sea un acuerdo, un armisticio que dé nacimiento al soberano-Estado. Esta prórroga de las relaciones de poder dominantes se visibiliza de manera clara cuando Hobbes considera que el Rey, quien encarna al Leviatán, es el depositario de toda la fuerza y la soberanía, es decir posee el monopolio de la violencia y las armas, además de que es irresponsable por sus actos.

La paz, en esta brevísima explicación, no sería otra cosa que aquel momento buscado por el más fuerte, para cancelar no la guerra, sino la ofensiva del más débil, generando una estrategia para prorrogar los efectos de la batalla final, haciendo reinar la paz como condición de la derrota efectiva de los débiles.


Farit Rojas T. es abogado y filósofo boliviano.

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