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La construcción del diablo en la sociedad brasileña
Open Democracy
2021-07-31
Por Gabriela Sánchez Martínez

El discurso neopentecostal cultivó la polarización como herramienta política en su apoyo a la campaña de Jair Bolsonaro en 2018. Ante las nuevas elecciones de 2022, conviene comprender cómo funciona esa lógica

Un grupo de evangelistas durante una congregación en un templo neopentecostal en Salvador, Bahía, Brasil. e | Godong / Alamy Stock Photo

Jair Bolsonaro fue el “elegido por Dios” para liberar a Brasil de los “tentáculos del comunismo”, tal y como explicó el pastor Magno Malta en una misa evangélica en la campaña presidencial del año 2018.

Si nos basáramos en esta afirmación, podría parecer que el diablo anduviera suelto por Brasil y que, en la cruzada política para su eliminación, Bolsonaro fuera el único posible redentor. Ahora, superado ya el ecuador de su mandato y con las miras puestas en las elecciones de octubre de 2022, se puede entrever el que será su legado en la sociedad brasileña.

Más allá de su deficiente gestión, entre otras cuestiones, de la pandemia, la gran herencia que recibe Brasil es un antagonismo que fractura la sociedad y cuyas llamas se avivan a diario desde el Palacio de Planalto. Sin embargo, para muchos de sus seguidores, estas llamas no son más que los restos de una guerra entre el bien y el mal.

Los bandos de esta contienda alcanzaron su máxima expresión política en la segunda vuelta de las elecciones federales del año 2018. En ellas, el voto popular dio la victoria a Jair Bolsonaro frente al petista Fernando Haddad, tras dieciséis años en el poder del Partido de los Trabajadores (PT), emblema del desarrollismo y el apoyo a los sectores más pobres de la población.

De esta manera, el exmilitar, defensor de la moral cristiana y ultra-derechista, se convertía en el actual presidente de Brasil. Se daba así un paso más en la polarización que había resquebrajado la sociedad brasileña desde el año 2013, con las primeras protestas en contra y a favor del gobierno de Dilma Rousseff.

A partir de 2013, la manipulación los medios de comunicación y la judicialización de la política se habían convertido en herramientas para expulsar al PT del poder

En ese año se había iniciado un nuevo ciclo político en el país sudamericano caracterizado por la vehemencia, donde la manipulación a través de los medios de comunicación y la judicialización de la política se habían convertido en herramientas clave en la lucha por expulsar al PT del poder.

En eventos como las elecciones de 2014, el juicio político a la presidenta Rousseff, la campaña para las elecciones de 2018, así como la victoria, en este año, de Bolsonaro, las élites políticas fueron contribuyendo a la polarización de la población.

Mientras estos acontecimientos captaban la atención mediática, otro fenómeno caracterizó este nuevo ciclo político: el auge del movimiento evangelista neopentecostal como actor político y su apoyo al candidato Bolsonaro para la presidencia de 2019. Esta corriente religiosa venía creciendo desde los años setenta en el país, en detrimento de la opción católica. Desde 1970 hasta 2010, los evangélicos habían pasado de concentrar el 5 al 22% de la población brasileña mientras que, en el mismo periodo, el catolicismo había experimentado una disminución de sus fieles de un 92% a un 64,4% del total de la población del país, según datos del Instituto Brasileño de Geografía y Estadística (IGBE).

El evangelismo neopentecostal se caracteriza por una estructura fuertemente jerarquizada, una gerencia de tipo empresarial, así́ como por difundir el mensaje de la prosperidad. Todas estas particularidades acercan esta corriente a un modelo religioso de predicación del capitalismo. Las empresas que se lucran gracias a la normativa de vestimenta propuesta por sus pastores -como la empresa Joyaly-, o aquellas que lo hacen comerciando con objetos religiosos de todo tipo demuestran esta cercanía entre lo económico y lo espiritual en el marco de esta corriente religiosa.

Sin embargo, la especialidad mercantil del evangelismo neopentecostal son las comunicaciones -la Iglesia Universal del Reino de Dios posee la segunda red de comunicaciones más grande de Brasil: Record-. De esta forma, Edir Macedo, uno de los líderes religiosos más importantes de la misma, se ha convertido en uno de los grandes magnates de la comunicación en Brasil.

La difuminación del límite entre lo público y lo privado, lo político y lo religioso, es de gran relevancia para comprender el poder polarizador del mensaje neopentecostal

En esta línea, destaca también el uso de las redes sociales para la difusión de mensajes con fuerte potencial político, incluidos bulos como el que denunciaba el reparto de un kit gay a los niños en escuelas primarias. Estos mensajes, difundidos sin ningún tipo de censura, tenían la capacidad para romper la frontera entre religión y política, gracias a ideas como la de “hermano vota a hermano”, que formó parte de la campaña presidencial de Jair Bolsonaro.

Esta difuminación del límite entre lo público y lo privado, lo político y lo religioso, es de gran relevancia para comprender el poder polarizador del mensaje neopentecostal una vez expuesto su contenido. Resulta útil comprender dicho mensaje como un discurso, porque permite difuminar los límites entre lo lingüístico y lo extra-lingüistico para entender la capacidad de un mensaje -por ejemplo, religioso- de construir y modelar la realidad social.

Uno de los puntos más importantes de este discurso es la guerra espiritual, que implica comprender “el mundo como un campo de batalla entre las fuerzas del bien y las del mal”, tal y como explican los antropólogos Ari Pedro Oro y Marcelo Tavdad. En su versión estrictamente espiritual, esta dualidad con implicaciones bélicas tiene un fuerte potencial moralizante y dogmático, pero aplicada al mundo político, todo este potencial se torna anti-democrático, ya que ahoga el diálogo y el respeto a la pluralidad convirtiendo el campo de lo social en un antagonismo irreconciliable. Afirmaciones como la del pastor Silas Malafaia confirman esta beligerancia que impide el diálogo: “dicen que somos fundamentalistas, pero los que son fundamentalistas de basura moral son los gais”.

Comprendida la guerra espiritual como una forma de antagonismo, esta permite la construcción de identidades a sus lados que se conforman por oposición al otro. La bancada evangélica en el congreso, que durante los años de gobierno de Lula (2003-2010), apoyó al presidente y a su formación política -el PT- a través de sus representantes en el congreso, no se definió como un discurso político propio hasta los años de la presidencia de Dilma Rousseff, también representante del PT.

El diablo construido -en términos simbólicos- era petista, comunista, defensor de los derechos de los homosexuales, mujer, y feminista

En el año 2013, con el comienzo del nuevo ciclo político, los líderes políticos y religiosos neopentecostales se unieron a la tendencia polarizadora que recorría el país para construir, en términos religiosos, un diablo frente al que posicionarse de forma política y en contra del cual luchar para conformar una identidad propia. De esta manera, el discurso neopentecostal, que había apoyado el discurso del consenso propuesto por Lula, se construyó alrededor precisamente del propio antagonismo como elemento central de su identidad y, alrededor de esta, la guerra espiritual cobró sentido.

El diablo construido -en términos simbólicos- era petista, comunista, defensor de los derechos de los homosexuales, mujer, y feminista. Frente a este mal, amenaza para el evangelismo, para la prosperidad de los brasileños, y para el país, el discurso neopentecostal como representante del bien debía posicionarse de forma política, rompiendo de nuevo la barrera entre lo público y lo privado.

De esta manera, a través de la construcción de una figura diabólica en el que volcar todos los males percibidos, y con el apoyo de la potencia comunicativa de sus líderes y de la fuerza de mensajes como el de “hermano vota a hermano”, se pudo construir una guerra espiritual y, así, un adalid del bien como Jair Bolsonaro, que anunció su candidatura a la presidencia como una “misión de Dios”.

Después de más de 500.000 muertes por Covid-19 en el país sudamericano, lejos queda ya la idea de Bolsonaro como un mesías, pero los efectos de esta guerra espiritual son de gran importancia para comprender la realidad política de Brasil en la actualidad.

El uso de una idea de carácter religioso-moral como es la dualidad entre el bien y el mal en el ámbito político resulta peligroso por su capacidad para fragmentar una sociedad introduciendo elementos de gran potencia simbólica y generar una polarización sin una base real en la sociedad; esto es, que no existe en la población y es expresada por las opciones políticas, sino que es generada por estas para introducir un nuevo sistema de creencias, valores y antagonismos.

Entendiendo la política más allá de las instituciones, cabe afirmar que la democracia requiere del debate y la diferencia para existir. De esta manera, la idea de una guerra espiritual es anti-democrática en tanto que busca eliminar al otro; sin embargo, es una herramienta política útil porque permite ilustrar una cruzada donde una figura redentora se plantea como la única solución ante el abismo del mal.

El antagonismo, comprendido de esta manera, es una elección discursiva útil en tanto que efectiva para movilizar votos frente a un diablo que, en última instancia, no es más que una construcción política. Ante esta realidad, y de cara a las elecciones presidenciales de 2022, el PT se enfrenta al reto de, una vez más, convencer a los brasileños de una opción de futuro en la que todos puedan ganar.



Contenido Original por Open Democracy


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