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Anticolonialismo
Cooperativas en Palestina, una forma de vida en mitad del conflicto
Pikara
2021-06-12

Hablar de cooperativas palestinas y de proyectos de cooperación es hablar de ocupación y colonización.


Trabajadora que ha participado en los proyectos de Asamblea de Cooperación Por la Paz (ACPP) y PARC. | Foto: Imanol Manterola

La situación de ocupación y conflicto que vive la población palestina apenas sale en los medios. El aumento de la violencia en Israel, especialmente cuando bombardea la Franja de Gaza, obliga a que puntualmente y muchas veces de manera descontextualizada las informaciones traten de contar algo de Palestina. Pocas veces se narra el día a día a una población que sufre un proceso colonización y apartheid en Cisjordania y un bloqueo brutal en Gaza. ¿Se puede vivir en esas condiciones? Sí, se vive y se resiste. Porque la población palestina no es solo sinónimo de tragedia y conflicto.

Los proyectos económicos autogestionados, como en todas latitudes, son difíciles de mantener. A veces, la situación es más compleja si está una mujer al frente debido a los estereotipos y roles de género, o a las múltiples jornadas laborales y las tareas de cuidados, al machismo estructural. Aun así, en unos territorios eminentemente agrícolas como los palestinos, son las mujeres las que suelen dedicarse a las tareas del campo, en muchas ocasiones, sin remuneración, como denuncia la oenegé Asamblea de Cooperación por la Paz (BLB/ACPP). Y aquí es muchas veces donde la cooperación destina fondos, esfuerzos e ilusiones.

Kamleh Aner lleva desde 2015 implicada en la cooperativa Masha’s Cooperative, del pueblo Mas-ha, rodeado por el muro ilegal que ha construido Israel. A través de la cría de 16 cabras, obtienen y distribuyen productos lácteos procesados que vendieron al inicio en el supermercado local y ahora comercializan las propias cooperativistas directamente tras el cierre del establecimiento.

En el pueblo de Al-Naqura, la cooperativa Women’s Charity Association hace panes y pasteles. Shadya Hashish, una de sus integrantes, cuenta que ahora el grupo tiene como objetivo buscar nuevas formas para lograr que el horno del obrador sea energéticamente más eficiente.


Amneh Mustafa, de Creativity Cooperative for Agricultural Processing | Foto: Imanol Manterola.

Las aves de corral ecológicas son el producto con el que trabajan las 21 mujeres y siete hombres que componen Creativity Cooperative for Agricultural Processing. Más allá de los ingresos, el trabajo en este proyecto ecológico también ha apuntalado el papel de las mujeres en la sociedad, como negociadoras y como uno de los ejes económicos del municipio Deir Ballut. Así lo cuenta Amneh Mustafa, una de las fundadoras. Deir Ballut, por cierto, también está rodeado por el muro.

Ellas mismas, las mujeres dedicadas a la agricultura en palestina, explican que han perdido el miedo a hablar en público. A través de las relaciones entre las distintas mujeres de la comunidad se ha creado, además, una red de ayuda fundamental.

Para llegar a Deir Al Ghusun, de nuevo municipio que sufre la construcción del muro, hay que pasar un control militar de Israel. Allí la cooperativa mixta Deir Al Ghusum Service Cooperative Association trabaja principalmente en el procesamiento de alimentos. Como cuentan desde BLB/ACPP, que financia algunos proyectos de esta empresa, los productos que hacen las mujeres (son 50 de las 110 personas involucradas en el proyecto) se venden en una tienda propia gestionada por ellas mismas, quienes también ofrecen sus alimentos y productos en las cantinas de los colegios y se encargan del catering de los eventos que organiza la municipalidad. Los beneficios de participar en una cooperativa mixta los cuenta Amira Ahu Zitown, quien subraya que el proyecto ha servido para que las mujeres rompan el hielo con los hombres y se sienten en la misma sala, un importante ejercicio de empoderamiento.

De nuevo, y como en los casos anteriores, se ha hecho énfasis en la importancia de trabajar en red y tener contacto con iniciativas similares. Samira Mandour, otra de las cooperativistas, explica que conocer otras historias y tener una red es un respaldo que las impulsa para reivindicar los espacios de toma de decisiones que les corresponden.

La Cooperativa de Mujeres de Shuqba, situada en el pueblo del mismo nombre, surge porque las mujeres jóvenes no encuentran trabajo en el municipio y por distintas razones no pueden desplazarse para buscarlo en otras zonas. Este proyecto no está basado en la producción de alimentos, sino en la comercialización: las mujeres han abierto una tienda que no es solo un proyecto económico, sino que el espacio físico sirve de lugar seguro para mujeres que en muchas ocasiones sufren distintos tipos de violencias machistas. Un rol que destaca Israa Motawec, una de las fundadoras. Esta graduada en Psicología reconoce que muchos hombres de la comunidad no ven bien que las mujeres se involucren en la cooperativa. Otra de las integrantes, Israa Taha Al-Massry, cuenta que en las últimas elecciones de la comunidad le ofrecieron participar. A su marido le pareció bien, pero no al resto de su familia, por lo que tuvo que rechazar la propuesta. En este contexto tan patriarcal, la cooperativa se ha convertido es un espacio de intercambio y de fortaleza compartida para enfrentarse al histórico machismo que viven las mujeres del pueblo.


Trabajadora que ha participado en los proyectos de Asamblea de Cooperación Por la Paz (ACPP) y PARC. | Foto: Mónica González

Una historia de expolio
Más allá del papel de las mujeres y de que las iniciativas, apoyadas por BLB/ACPP y financiadas por el Ayuntamiento de Donostia, estén ligadas a la producción y comercialización de alimentos, los proyectos descritos comparten un contexto de saqueo y expolio por parte de Israel. Y esta historia también hay que contarla: Shuqba ha sufrido varias demoliciones de edificaciones palestinas por parte del Gobierno de Israel. Además, este municipio limita con el asentamiento colono israelí de Ofarim. Estas colonias, construidas en territorios palestinos, son ilegales. De hecho, visualizar esta especie de barrios construidos en Cisjordania es presenciar de una mirada dos realidades antagónicas e injustas: en los asentamientos israelíes hay zonas verdes y techos hermosos, algo así como vergeles; el resto es territorio marrón, ausencia de vegetación y de tejados, porque aquí los tanques de agua en los altos de las casas son un ejemplo de los problemas de suministro que únicamente sufre la población palestina.

En el muncipio Deir Al Ghusum más del 60 por ciento de las tierras han sido confiscadas, por no decir robadas; y las que aún pertenecen a la población palestina y son de cultivo están al otro lado del muro. Así, la gente del pueblo, para ir a sus plantaciones, tiene que atravesar controles militares de Israel, lo que sin duda lastra su libertad.

La construcción del muro, ejemplo arquitectónico del apartheid, supuso la pérdida del 25 por ciento del área de Deir Ballut, donde está la Creativity Cooperative for Agricultural Processing. La aldea se encuentra prácticamente rodeada por el muro y por varios asentamientos de colonos israelíes. En la actualidad, en Cisjordania hay unos 800.000 colonos, repartidos en unos 250 asentamientos. Como explican desde la oenegé Asamblea de Cooperación por la Paz, estos asentamientos están protegidos por una red de puestos de control militares israelíes, y además cuentan con carreteras que solo pueden utilizar la población colona. Estas infraestructuras rompen la continuidad del territorio al que tienen libre acceso los palestinos y palestinas; de esta forma Israel gana poder sobre el espacio rural palestino.


Asistentes al Congreso de Mujeres Cooperativistas que ACPP y PARC promovieron en 2018. | Foto: Imanol Manterola

Al-Naqura, por su parte, fue ocupada durante el año 1967 y desde entonces ha sufrido numerosas confiscaciones, siendo una de las más destacadas la confiscación de unas 68 hectáreas para establecer el asentamiento de Shavei Shomron en 1977, en el que actualmente viven 792 colonos y colonas israelíes. Y en Mas-ha, Israel ha aislado la mayor parte de las tierras fértiles destinadas a la agricultura y ha confiscado casi el 95 por ciento de la superficie total del pueblo, parte para construir tres asentamientos israelíes.

Hablar de cooperativas palestinas y de proyectos de cooperación es hablar de ocupación y colonización, porque los territorios palestinos de Cisjordania están divididos en tres zonas: A, B y C; una división temporal establecida en 1995 y que aún perdura. La Zona A está bajo control militar y administrativo palestino y supone el 18 por ciento de Cisjordania, concentrado en el casco urbano de Ramala y otras ciudades grandes. La Zona B está bajo control militar israelí y con control administrativo palestino y supone el 21 por ciento territorio. Mientras que en la Zona C, la mayoritaria (61 por ciento), está bajo control total israelí y supone prácticamente todas las tierras de cultivo y donde se encuentran importantes recursos naturales. Además, para hacerlo todo aún más complejo e injusto, las zonas A y B no son contiguas, sino que constituyen «islas» repartidas por toda Cisjordania. La zona zona C sí es un continuum y es donde se encuentran los asentamientos de colonos que con sus carreteras exclusivas complican la movilidad y la comunicación de la población palestina. Por otro lado, y para hacerlo todo más complejo, Israel ha declarado zonas militares cerradas que quedan fuera del libre acceso de palestinos y palestinas. Estas zonas representan ya más de una cuarta parte del territorio de Cisjordania.

La oenegé BLB/ACPP también denuncia que desde 1969 y, principalmente, en la década de los años 80 Israel declaró aproximadamente un seis por ciento de Cisjordania como reservas naturales. De esta forma Israel ha limitado el desarrollo palestino en estas áreas, donde prohíbe la construcción, el pastoreo de rebaños y la agricultura. Además de esto, el Estado colonizador ocupa las principales zonas de acuíferos y vende a la población palestina el agua a un precio muy elevado. Población que, por cierto, sufre en muchas ocasiones cortes de agua intencionados. A todo esto hay que añadir los problemas de movimiento o la falta de permisos para la construcción de viviendas en determinados territorios. La lista de injusticias es interminable.

Construir cooperativas y establecer redes en un territorio tan fragmentado y desconectado es, por tanto, un logro importantísimo que también busca empoderar a las mujeres y destejer parte del machismo de la sociedad palestina.

Este artículo se enmarca en el proyecto "Ellas Deciden: Mujeres rurales transformadoras", realizado por la Asamblea de Cooperación Por la Paz (ACPP) y Agricultural Development Association (PARC) con el apoyo de la Diputación Foral de Gipuzkoa.



Contenido Original por Pikara


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